Lo que pasa
Tengo que confesar algo: muchas veces he hablado con mi hija sin escucharla de verdad.
Un día ella me estaba hablando. No recuerdo bien de qué, ni qué estaba haciendo yo en ese momento — solo recuerdo que no la estaba mirando. Se paró y me dijo: “Siento que no me escuchas. Me siento ignorada.”
Me sentí fatal. Triste y enfadada conmigo misma, las dos cosas a la vez. Porque tenía razón, y yo ni siquiera me había dado cuenta de lo que estaba haciendo — o de lo que no estaba haciendo.
Me quedé con esa frase suya dando vueltas varios días.
Y entonces, en otro momento, encontré una expresión que no era mía: “escuchar con los ojos”. No recuerdo bien dónde la leí o la oí, pero en cuanto la vi, algo encajó. Era exactamente lo que le había faltado a mi hija aquel día.
Compartir la misma habitación no es estar presente del todo. Aunque le respondiera de fondo con un «ajá» automático, mis manos y mi mente seguían ocupadas en otra parte.
Poco después, en el Círculo AMORAMI Adolescencia piloto, delante de las demás, dije en voz alta el propósito que ya llevaba dentro desde que encontré esa frase: “Voy a dejar de hacer lo que estoy haciendo y mirarla a los ojos cuando me hable.”
Lo dije con seguridad. Sonaba fácil.
Lo que se remueve
Después de decirlo delante del grupo, algo cambió — ya no era solo una intención mía, era un compromiso dicho en voz alta ante otras mujeres. Eso pesa distinto.
Y aun así, no siempre lo consigo.
Descubrí que mantenerme en movimiento —hacer, recoger, seguir con lo mío— me da una sensación de estar avanzando en mi propio día. Cuando ella aparece queriendo hablar, tengo que soltar eso, y no siempre sé cómo.
En la adolescencia, los momentos en que se abre y quiere hablarme no avisan. Son minutos que aparecen sin pedir permiso y se cierran igual de rápido si no los aprovecho.
Ahí es donde la doble transición se siente viva: ella me busca para compartir un fragmento de su mundo en el mismo instante en que yo estoy intentando cuidar el mío. Yo también estoy en un momento de búsqueda, con ganas de volcarme en mis proyectos, de pensar mis propias cosas, de tener mi espacio como mujer.
No es que no me importe lo que viene a contarme. Es que estoy sosteniendo dos hilos a la vez, y no siempre puedo con los dos.
Entendí algo, pensando en su frase: ella no viene a pedirme soluciones. Viene a comprobar que, cuando la miro, la veo de verdad.
La mirada AMORAMI
En el Círculo prometí mirarla a ella con amor. Lo que no dije en voz alta, porque todavía no lo sabía, es que primero tenía que mirarme a mí con esa misma compasión.
Ahora, cuando me descubro distraída, intento decirme: “Lo estás haciendo lo mejor que puedes. No pasa nada por el rato que estuviste en otro sitio. Suelta lo que tienes en las manos y mírala.”
Y por las noches, cuando la veo aparecer, intento recordarme algo simple: quiero mirarla de la misma manera en que me gusta que me miren a mí.
Lo que ella tiene para contarme, por pequeño que a mí me parezca, para ella es lo más importante del mundo en ese momento. Por eso me recuerdo que mirarla a los ojos es mi manera de que se sienta validada, atendida y sostenida por mí, por su madre.
Escuchar con los ojos es, para mí ahora, la forma más bonita de decirle que la quiero.
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