AMORAMI

AMORAMI Diario

Mi hija empezó a cambiar. Y yo también.

17 de julio de 2026 · AMORAMI Diario


Lo que pasa

Un día dejó de querer que la secara al salir del baño.

Apareció un pudor nuevo, una puerta que antes estaba abierta y, de pronto, se cerró. No lo dije en voz alta, pero lo sentí: algo empezaba a cambiar.

Después llegó la primera regla. Y con ella, un cuerpo que crecía y se estilizaba.

Recuerdo el momento exacto. Fui a buscar sus ojos hacia abajo, como siempre. Y no estaban.

Tuve que levantar la barbilla.

Y con el cuerpo llegó lo otro: los enfados sin motivo aparente, las contestaciones que no reconocía, esa irritabilidad que aparecía y desaparecía sin avisar.

Estaba comenzando a pasar lo que yo recuerdo vívidamente que me pasó a mí.

Pero ahora yo estoy del otro lado.

Ahora la madre soy yo.


Lo que se remueve

Al principio solo sentí frustración. No sabía qué hacer con su enfado, y tampoco sabía qué hacer con el mío: un enfado que yo misma no entendía y que no quería sentir. Me sacaba de mi lugar, de mi zona de confort, una y otra vez.

Y entonces me di cuenta de que algo se estaba moviendo en mí que no tenía que ver solo con ella.

Yo también quiero cosas nuevas: probar, experimentar, tener más libertad.

Y resulta que ella pide exactamente lo mismo, al mismo tiempo, en su propio lenguaje.

Ahí apareció el dilema real: tengo que estar presente para ella justo en el momento en que también necesito estar presente para mí.

Muchas veces es difícil, porque las dos estamos más reactivas, más sensibles emocionalmente y menos capaces de regularnos.

Hace unas semanas, en una charla sobre menopausia, entendí por qué.

Mientras en ella suben los estrógenos, en mí empiezan a bajar.

Dos cuerpos.

Dos cerebros.

Dos sistemas nerviosos.

Dos mujeres atravesando una revolución hormonal al mismo tiempo.

Bajo el mismo techo.

¿Cómo no iba a removerse todo?

Estaba pasando lo que yo llamo la doble transición.


La mirada AMORAMI

Elegí no quedarme solo ahí.

Empecé a preguntarme qué me estaba activando a mí, qué tenía yo que aprender de sus cambios; no solo qué tenía que gestionar en ella.

Estoy aprendiendo a no tomarme sus reacciones de manera personal, a respirar profundo, a abrazarla y besarla mucho cada vez que puedo y, cuando mi enfado me gana la partida, a pedirle disculpas si es necesario.

Estoy aprendiendo a ver esta etapa como una oportunidad de cambio en mí, dándole también a ella su espacio de cambio.

Hoy empiezo a ver la parte hermosa.

Las dos estamos en una ventana de máxima transformación como mujeres.

Lo que yo trabaje de verdad en estos años se queda conmigo para la siguiente fase de mi vida.

Lo que mi hija viva y vea en mí se quedará en su memoria durante mucho tiempo.

Y si, con intención, pongo amor de manera consciente —a veces simplemente pensando "Hija, te amo"— incluso en los momentos intensos, siento que nuestro vínculo se fortalece.

Porque las dos nos estamos permitiendo ser de verdad, y eso es más potente que cualquier palabra o consejo que pueda darle.

YOSOYAMORAMIYOSOY

Compartir esta lectura