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AMORAMI Diario

"No sabes vestirte"

28 de agosto de 2026 · AMORAMI Diario

Lo que pasa

Mi hija salió de su cuarto con una combinación de ropa que a su padre no le gustó. Él comenzó a hacerle observaciones y, durante la conversación, le dijo: “No sabes vestirte”, con un tono seco y contundente.

Vi cómo le cambiaba la cara a ella.

Y a mí me pasó algo automático: no fue mi hija a quien vi por un segundo. Fui yo.

Tenía su edad, de pie en el comedor de casa, con un periódico y unos folios en la mano, con un resumen que mi padre me había pedido. Cuando se lo leí, no cumplió sus expectativas. Recuerdo a mi padre, sentado en la cabecera de la mesa, esa tarde, con la luz del sol entrando por la ventana. “Eres una inútil, vuélvelo a hacer, no está bien.” En ese momento, me congelé pensando.

No entendía por qué le daba tanta importancia a un resumen de una noticia cualquiera que él sabía perfectamente de qué trataba. Me pareció desproporcionado. Y sentí que algo dentro de mí se rompió — no sé explicarlo de otra manera. Como si mi padre me soltara y me dejara a la deriva; me sentí completamente incomprendida.

Recuerdo el tono de esas palabras. Esa misma dureza la usaba también con otras personas — “es un inútil”, “es un inepto” — y me dolía, a la vez que me enfadaba, que las dijera de cualquiera. Pero cuando me lo dijo a mí, eso me marcó.

Lo que se remueve

Fui hacia la puerta de la habitación de mi hija.

Antes de tocar, pensé que su padre estaba enfadado por algo que no era solo la ropa, y que no había sido ni el momento ni las formas para decirlo así. Más tarde hablaría con él, con calma — que la próxima vez lo explicara distinto, con contexto y sin esa contundencia.

Pero primero fui a ella.

Le dije que su padre no se refería a que no supiera vestirse. Que esa combinación, ese día, no le gustó a él — que él tiene sus gustos y ella tiene los suyos. La invité a explorar otros estilos, a probarse en las tiendas ropa distinta a la de siempre, sin quedarse con una sola idea, a ir buscando un estilo propio en vez de seguir simplemente las tendencias. A que no le importara lo que pensara la gente: si le gustaba a ella, eso era lo que importaba.

Mientras se lo explicaba, pensaba en mi padre. En que nadie me explicó nunca que aquel “inútil” no era sobre mí — era sobre su enfado, su cansancio, lo que fuera que llevara encima ese día. Yo me quedé sola con esas palabras, sin nadie que las deshiciera.

Cada calificativo que le decimos a nuestra hija es una etiqueta que le ponemos. En la adolescencia es muy fácil caer en el juego de ponerlas. Un «eres una desordenada», un «eres una egoísta», un «es que no se te puede decir nada» — dichos casi sin pensar, como si el viento se los llevara al terminar la discusión. Pero las palabras no se van. Se quedan.

Siento que esas etiquetas, dichas muchas veces o dichas una sola vez en el tono equivocado, se quedan en ella durante más tiempo del que imaginamos. No hace falta gritarlas ni repetirlas. Una sola vez puede bastar.

La mirada AMORAMI

No puedo controlar todas las palabras que mi hija va a escuchar. Las de su padre, las de sus amigas, las que se dirá ella misma cuando yo no esté delante.

Pero sí puedo elegir qué hago después de que una palabra dura ya se ha dicho.

Siento que el poder que tenemos las madres sobre nuestras hijas es enorme. Todo lo que decimos de ellas, esté ella delante o no, les llega de alguna manera. Y eso me hace querer cuidar con más conciencia el vocabulario que uso con ella y sobre ella, y también el que dejo pasar cuando viene de otra persona.

Estoy intentando ser consciente de las palabras que elijo, y cuando me equivoco, o cuando alguien más se equivoca delante de ella, poder desdecirlo, explicarlo, pedir disculpas si hace falta. No para que todo salga perfecto, sino para que ninguna palabra se quede sola con ella, sin que nadie venga a deshacerla.

Puedo ir a su puerta. Puedo decirle que lo que siente su padre por una combinación de ropa no tiene nada que ver con lo que ella vale.

Y puedo, sobre todo, no dejar que esa frase se quede a vivir dentro de ella como se quedó la mía conmigo, en un comedor, hace treinta años, sin nadie que viniera a deshacerla.

YOSOYAMORAMIYOSOY

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