Lo que pasa
Anoche mi hija me dijo: “Mamá, ¿qué pensaríais papá y tú si os dijera que tengo novio?”
Wow. Había llegado la pregunta.
Por un lado, sentí mucha felicidad. Que tuviera la confianza de sacarme ese tema, de preguntármelo así, directamente, me dio alegría.
Respiré hondo. Quería responderle desde el amor, con una respuesta que nos conectara.
Le dije que, cuando llegara ese momento, por supuesto que nos haría muy felices la noticia. Que nos gustaría que fuera un chico que la tratara como una reina, que la respetara, que la cuidara, que quisiera que ella estuviera bien, que respetara sus ritmos.
Le dije que ella es quien tiene que escucharse a sí misma. Que no se dejara llevar por la prisa de ver que otras chicas ya tienen novio.
Le dije que todo lleva su tiempo. Que le diera tiempo al tiempo para conocer a esa persona, para observarla — que puede haber un flechazo al principio, pero que enamorarse de verdad necesita su propio proceso.
Y le dije que confiábamos en ella. Que siempre íbamos a estar ahí para escucharla y resolver sus dudas, que su padre y yo ya habíamos pasado por eso, él como hombre y yo como mujer, y que podíamos ser sus mejores consejeros si ella quería.
Nos despedimos. Le di las buenas noches y me fui a la cama feliz, con el corazón tranquilo por haber tenido esa charla con ella.
Lo que se remueve
Ya acostada en mi cama, se me removió algo mío.
Me acordé de cuando mis amigas empezaban a tener sus primeros novios y yo no. Recordé esas ganas de ser la siguiente, esa prisa por no quedarme fuera.
Y pensé: esta charla que tuve anoche con mi hija me hubiera encantado tenerla yo con mi madre.
Nadie me la dio. Yo me quedé sola con esas ganas de ser la siguiente, sin nadie que me pusiera calma.
Ahí es donde la doble transición se siente viva: mientras acompaño a mi hija en sus primeras preguntas sobre el amor, también estoy reparando algo mío, de cuando tenía su edad.
La mirada AMORAMI
Cuando escuché la pregunta, lo primero que hice fue respirar hondo. Me concentré en escucharla desde el amor, en acoger lo que me decía desde la calma, sin alarmas.
Mientras hablábamos, deseé y me imaginé cómo sería ese primer chico: alguien cariñoso, respetuoso, que la cuidara. Y la bendije. La bendije para protegerla. Deseé que fuera una experiencia bonita para ella, y que tuviera la capacidad de escucharse, de observarse, de poner límites, de ir a su propio ritmo.
Veo cómo mi hija está creciendo y está cambiando, cómo empiezan a surgir las dudas que trae enamorarse por primera vez. Deseo que se sienta libre de experimentar, de probar, de vivir sus propias experiencias con la confianza y la seguridad de sentirse apoyada y sostenida por mí. Y quiero estar ahí para darle una mirada tranquila sobre todo lo que todavía no conoce.
Yo puedo darle algo que a mí me faltó: alguien que, cuando llegue el momento, la escuche sin juzgar y le dé tiempo.
YOSOYAMORAMIYOSOY

